Niños 69

El traumático momento del baño

Permitir que los chicos jueguen mientras se bañan es un buen gancho para que ellos acepten el convite, y el crítico momento del día se transforme en un juego y no sea un episodio de la guerra padres-hijo.

Permitir que los chicos jueguen mientras se bañan es un buen gancho para que ellos acepten el convite, y el crítico momento del día se transforme en un juego y no sea un episodio de la guerra padres-hijo.

La creatividad de los chicos también se pone de manifiesto en la crítica hora del baño. Esa instancia del día en la que, a determinada edad de los gurrumines, los padres saltearían, si fuese posible. En realidad, el momento crítico es el del anuncio de que la bañadera está lista, esperándolo con ansias. Luego, en el agua, todo es un relativo disfrute, según el humor de la “víctima”, claro: el enjabonamiento, el lavado de la cabeza, el enjuague… Todo. Hasta que el tiempo de permanencia en esa masa líquida, un tanto turbia, por los restos esparcidos de jabón y shampoo, genera otra mini crisis.
La bañadera, casi al tope de su capacidad, es el escenario propicio para que cada niño eche a volar la imaginación y recree, allí mismo, increíbles historias marinas. Valiéndose para ello de juguetes: barquitos, peces, muñequitos, o empleando, para el desarrollo de sus fantásticas aventuras, la misma esponja o el insípido envase de shampoo.
A todos, rondando la edad de los pañales, podría decirse para ejemplificar una etapa en la vida de las criaturas, les encanta llevar juguetes a la bañadera y jugar con ellos. Jugar a lo que sea. A lo que surja. A lo que pase por esas cabecitas locas y esos cerebritos imaginativos. E incentivarles esta idea de jugar para que el trámite diario del aseo corporal sea más llevadero, ayuda a los padres, sin dudas. De este modo, encarado de esta forma, el episodio será menos traumático para todos.
Al momento de la salida, cuando los padres dan por finalizado el baño, habrá que armarse de paciencia, para lo que viene, porque la diversión del “pequeño angelito” tendrá un costo a pagar. ¿Cómo? Invirtiendo en trapo y secador. Las alucinantes historias de agua, pergeñadas por los inquietos geniecitos, deben terminar siempre con alguna tormenta que provoca terroríficos tsunamis. De otro modo no se entiende que haya tanto “oleaje” en el piso del baño, como dentro de la bañadera. Pero bueno, la decisión de permitirles jugar transforma un momento complicado en un rato ameno, tanto para el chico, como para los padres.
Lo de la “inundación” es otra historia. Harina de otro costado, decía alguien no muy ducho en refranes.

De la Redacción de Tvcrecer

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