Niños 61

Pequeños adultos: los sub-7, una generación recargada

Son chicos, pero hablan y se mueven con una soltura que asombra

Son chicos, pero hablan y se mueven con una soltura que asombra

No son sólo niños. Cómo se mueven, cómo hablan, cómo se visten. Hay mucho en ellos que no responde al patrón tradicional de su generación: usan frases cargadas de adverbios, esbozan reflexiones filosóficas, son extremadamente estéticos y aspiran a consumir productos del mundo adulto, como maquillajes, zapatos con tacos o tomar café. Tienen menos de 7 años, pero parecen auténticos «adultos-mini».

La generación sub-7 parece haber venido recargada. Como Guillermina Martínez Scarinci, que tiene 5 años y comparte dos pasiones con su abuela Emilia Flotta: cocinar e ir de compras.

«Nos encanta tarjetear», se ríe la abuela, que es profesora de historia occidental con un posgrado en la Segunda Guerra Mundial. Van al shopping y su nieta elige la ropa que quiere.

Los domingos por la tarde, en la casa de la abuela, en Don Torcuato, es momento de cocinar. Guillermina emula a concursantes de Junior Master Chef. Para Navidad, propuso hacer un pan dulce. «Lleva levadura -le dijo la abuela-. ¿Sabés qué es?». «No exactamente -contestó la niña-, pero en ocasiones la he oído nombrar».

«No es una pequeña adulta. Se expresa y tiene habilidades que no se condicen con su edad porque está muy estimulada, porque siempre le hablamos como a alguien mayor. No me gustan los pequeños. Para mí, tendrían que nacer a los 14 años. No tengo paciencia para los más chicos. Tal vez por eso siempre les hablé como si fueran grandes», explica la abuela.

Lo cierto es que cada vez son más los niños que vienen «seteados en modo adulto». Algunos lo llaman el «síndrome Suri», por la hija de Tom Cruise y Katie Holmes, hoy de 8 años, pero que con apenas 4 se convirtió en un ícono de la moda. Los niños adultos o sobreadaptados son un fenómeno que se ve cada vez con mayor frecuencia, apunta la doctora Beatriz Bakalarz, pediatra y psiquiatra infantil, prosecretaria del Comité de Familia y Salud Mental de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). «Que crezcan rápido, así se tranquilizan», ironiza.

Este fenómeno se repite en las grandes ciudades, y también en Buenos Aires: cada vez son más los hogares de un solo hijo, criados mayormente entre adultos, muchas veces profesionales. Según la última Encuesta Anual de Hogares de la ciudad, una de cada tres porteñas llega al final de su vida reproductiva habiendo sido madre una sola vez.

«Hoy está bien visto socialmente que el niño parezca un adulto. Es un chico que no trae problemas, que no obliga al adulto a replantear su mundo. Pero es sólo una apariencia. Una cosa es consultarlos más y otra es borrar las barreras generacionales que les permiten madurar», dice Bakalarz.

«Un indicador de este fenómeno es la transformación de los diseños de las marcas de ropa infantil. Son de pequeños adultos. Botas de media caña, tacos, minifalda. Esto de tratarlos como avatares, como pequeñas versiones de nosotros mismos, habla más de nuestra generación como padres que de la de ellos como niños -dice Carolina Duek, doctora en ciencias sociales e investigadora del Conicet-. Hay algo de aspiracional, que tiene que ver con el adulto y no con el niño.»

Germán García Domo tiene 6 años. Hace tres años los padres le preguntaron si le gustaría tener un hermano. El chico, que ya entonces hablaba perfecto, dudó. «Sería interesante», respondió. La anécdota se contó una y otra vez en la familia. Ese hermano llegó hace unos nueve meses. Una mañana, cuando el bebe le había desordenado sus robots, Germán completó: «Ven, a esto me refería: interesante no siempre es bueno».

Valentina D’Espósito, de 4 años, tiene esas salidas que a los grandes los dejan recalculando la respuesta. Hace pocos días, la madre, que es terapista ocupacional, le pidió que ordenara los juguetes que poblaban todo el piso de su cuarto. Con cara de sufrimiento, contestó: «No puedo, me duele mucho la cadera y no puedo flexionarla». En otra oportunidad, le pidió que la acompañara al supermercado, la respuesta fue: «No, andá sola, ¡yo estoy agotada!».

La visión adulta del mundo que tienen estos niños puede resultar divertida y hasta desopilante. En muchos casos, los mismos adultos se ven sorprendidos al intentar abordar una conversación de modo infantil. A sus 3 años, Ema suele sorprender a su madre, Celeste Wietzel. «Mami, no me habla la muñeca», le dijo hace poco. «¿Y por qué, mi amor? ¿Es muy bebé?», preguntó Celeste. «No, mamá, porque es una muñeca.»

Según explican los especialistas, el retraso en la edad de la maternidad y la creciente profesionalización de las mujeres derivan en fenómenos como el de los niños adultos en las grandes ciudades, sobre todo en los segmentos sociales de mayor poder adquisitivo y educativo.

Las últimas estadísticas vitales del Ministerio de Salud de la Nación indican que el 54% de los bebes que nacieron en la Capital son hijos de mujeres que tienen más de 30 años y el 25% de los nacimientos se produce después de los 35.

Además, una de cada tres madres porteñas es profesional y el 45% tiene estudios universitarios. Los especialistas coinciden en que la educación formal de la madre impacta directamente en el modo en que los niños hablan.

«Los chicos hablan como los padres. Si un niño tiene un vocabulario más desarrollado que el resto, es parte del contexto en que se cría», apunta Duek.

«Estos chicos tienen un vocabulario excepcional. Y eso confunde mucho. Porque a uno lo lleva a creer que pueden entender planteos más complejos. Y no es así. El chico tiene un aparato psíquico en desarrollo y sus herramientas motrices, afectivas y psicológicas son limitadas», dice la licenciada Mónica Cruppi, miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

La tendencia a tener menos hijos aumentó en el último tiempo. En la ciudad creció el número de hogares que tienen uno, dos o tres miembros. Hoy, sólo en el 6% de los hogares vive una pareja con tres hijos. Esto redujo mucho la cantidad de niños que se crían con hermanos y, sobre todo, los que tienen hermanos cercanos en edad.

«En muchos hogares, los chicos pasaron a ser una pequeña minoría en un mundo de adultos», agrega Cruppi.

«Deberíamos preguntarnos por qué un niño se posiciona así», dice el pediatra Diego Montes de Oca, que impulsa el portal TVcrecer. «¿Será que a los padres les resulta incómodo que sea un chico? Los hijos tienen que comportarse como niños. Está bueno que hagan macanas y se metan en líos. Si no, quiere decir que el mundo adulto le está dando el mensaje de que no hay lugar para él.».

tvcrecer agradece a Evangelina Himitian, del Diario La Nación

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