El facilitarles el acceso a todo les impide valorar el sacrificio.

Seis kilómetros de día y seis de vuelta caminó durante siete años cada día Efraín junto a su abuelo. En Pampa Chica, dentro de nuestro Chaco, tuvo que recorrer unos 15.000 kilómetros, según mis cálculos, para poder cubrir el trayecto entre su casa y la escuela y ser el primero de su familia en terminar la primaria.

Efraín llora en la foto cuando le dan el diploma, que es como una medalla olímpica para este titán.

Con calor, con lluvia, con frío, Ángel se esforzó para que hoy su nieto sea el primero de su familia en tener el honor y el orgullo de haber terminado el colegio primario. Él entendió que era parte de un proceso costoso para ambos.

Como no les cuesta a nuestros chicos, porque el colegio queda cerca, porque lo que queda lejos se lo acercamos nosotros, porque la inmediatez y la virtualidad ponen el mundo al alcance de sus manos.

A Efraín le costó, llora él y llora su abuelo, porque la pelearon desde abajo, desde lo más abajo que la pueden pelear. Y la ganaron, y tiene un gusto de rico cuando los logros llegan con esfuerzo.

Un rato después de leer esta historia en el diario, en el consultorio un muchachito de 15 años despotrica contra su madre que le reclama que no va a comprar la verdura dos veces por semana al local que queda a 70 metros de su casa.

“Me da paja (sic), ma”, dice sin que se le mueva un pelo su hijo, resultado de estos tiempos de padres amorosamente tibios y jóvenes peligrosamente instalados en el bienestar de que todo es a un click de distancia. Nuestros chicos tienen empacho de confort, y los responsables somos los adultos.

Les acolchonamos la vida porque ya tendrán tiempo de sufrir, decimos, y ese tiempo no llega porque cuando les toca no están listos. Carecen de herramientas.

Cuando tengo la dicha de leer historias como esta de Efraín y Ángel, me emociona y las preguntas se hacen grandes. No puedo dejar de pensar en lo mal que estamos acompañando a nuestros jóvenes en el camino del crecer.

Los padres les facilitamos el acceso a cuanta cosa necesiten, taponamos cualquier intento que hagan para destrabar sus propios conflictos. Los privamos de la posibilidad de frustrarse, de pelarse el cuero. Cuando tengan que hacerlo porque el reloj vital lo marque estarán seguramente desprovistos.

Es menester enseñarles a nuestros hijos el valor de las cosas, el absoluto, y el relativo. ¿Cuánto cuesta un vaso de agua? En Capital Federal no vale nada. Cualquier buen vecino nos dará un vaso de agua si se lo pedimos. Ese mismo vaso en el desierto de Sahara para un beduino sediento tiene valor incalculable.

Qué dolor que tenga que faltar tanto de algo para que lo valioso sea reconocido. Qué dolor que tenga que sobrar tanto de todo para que las cosas esenciales pierdan valor.

Compramos todo aquello que creemos que puede sumar a la felicidad de nuestros hijos. Muchos juguetes, todos los monitores posibles, compramos café por la web, ropa que llega a la puerta de nuestra casa atravesando el mundo en barco, zapatillas última generación con medidor de frecuencia cardíaca, contador de pasos y bluetooth. Compramos, compramos, compramos. Y más compramos, más se empachan, menos valoran.

En Pampa Chica, en cambio, lo que abunda (como decía la vieja canción de Ignacio Copani) es la escasez.

Vivimos en tiempo de viejos refranes en desuso: “el dinero no compra la felicidad”, “al que madruga Dios lo ayuda”. En desuso pero no por eso menos vigentes.

Efraín, que valora y agradece porque sabe lo que cuesta llegar, le devuelve algo de lo que su abuelo hizo por él y le quiere enseñar “a juntar las letras”, quiere que Ángel además de firmar (que eso sí sabe) pueda leer y escribir. Su abuelo lo llevó todos los días durante siete años al colegio y él quiere darle algo y, cadena de favores, le devuelve lo que aprendió.

¿Podemos como padres hacer algo distinto?

Claro que sí, podemos y debemos.

  • Dejemos que nuestros hijos se frustren, que se equivoquen, que asuman las consecuencias de aquello que hacen.
  • Permitamos que les falte algo, no les demos TODO lo que podemos darles.
  • Que el mayor de los esfuerzos no sea para endeudarnos en créditos para comprarles cosas que nunca terminaran de disfrutar. Que sea para darle el mejor de nuestros tiempos, como Ángel a Efraín, tiempo de jugar, tiempo de compartir, no de trabajar y trabajar para cambiar el auto, para vacaciones a lugares exóticos.

Los recuerdos más valiosos son de aquellos pequeños grandes gestos, heroicos a veces como el de este abuelo. Ángel le regaló a su nieto no una consola de juegos, ni un teléfono más caro que su auto, le regaló su tiempo, su amor y su esfuerzo, y sé cómo trabajador de la salud que esos son los regalos que quedan en cajita para siempre. Nos llevaremos solo lo que vivimos y no es poco.

Yo espero ver algún día que todos los Efraínes puedan tener lo que los chicos por derecho merecen, y que todos los adolescentes cómodamente apáticos se curen del empacho de confort. Podré ser un soñador, pero no soy el único.

De la redacción de tvcrecer Fuente: Alejandro Schujman para Clarín.com

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