La pesadilla de una mujer con depresión posnatal. “A medida de que mi fecha de parto se acercaba, mi atención se centró en el parto y sentí un bombardeo de pensamientos indeseados sobre insuficiencia cardíaca repentina, sobre el cordón umbilical enredado alrededor del cuello del bebé, incluso el nacimiento de un niño muerto”

Pero para los demás, sin embargo, estaba serena y tranquila, mucho más de lo que mi propia familia jamás me hubiese visto. No le conté a nadie de mis miedos. “Prepara tu bolso para llevar al hospital”, me dijeron mi madre y mi hermana alarmadas de que, a solo un mes de la fecha prevista para el parto, yo no había comprado nada para el bebé. Mi esposo fue quien me arrastró a elegir cochecitos y cunas y no al revés. Me dijeron muchas veces que era maravilloso que estuviera tan relajada. Mi mente, sin embargo, me decía que mi bebé iba a morir, entonces ¿qué sentido tenía comprar algo?

Nuestro bebé nació el 22 de enero de 2014. Extrañamente, a pesar del dolor de las contracciones, estuve tranquila y alegre durante todo el parto.  Cuando llegó, me quedé pasmada. Pasé 12 horas seguidas mirándolo maravillada. Era el bebé más hermoso que había visto en mi vida y feliz se lo dije a cualquiera que quisiera escucharme. Estaba completamente fascinada y feliz. Sobre todo, me sentí aliviada de que, a pesar de mis temores, él y yo habíamos sobrevivido juntos al parto.

 

postpartoDespierta y vigilante

Dos días después, todavía en el hospital, de repente sentí que se me encogía el estómago de miedo. Me había golpeado un aplastante sentido de responsabilidad.

¿Cómo podría mantener a mi bebé a salvo en este inmenso y aterrador mundo?

En mi mente, las formas en que podía ser lastimado eran infinitas. Sentía que tenía que estar de guardia todo el tiempo para asegurarme de que no le pasara nada.

Acababa de empezar mi pesadilla de enfrentar la ansiedad posnatal, el desorden obsesivo compulsivo y el insomnio.

Mi principal obsesión era que mi bebé muriera mientras dormía. Por lo tanto, tenía que estar despierta mientras él dormía.

Para ser justos, esta es una preocupación común entre los nuevos padres.

Al igual que muchos papás primerizos, mi esposo también estaba nervioso e iba a la cuna mientras nuestro bebé dormía para comprobar que estaba respirando.

Pero para él, la solución era simple: compró un sensor de movimiento que puso debajo del colchón. El dispositivo activaría una alarma que sonaría si el bebé dejaba de respirar.

Mi esposo durmió profundamente después de esto. Yo, por otro lado, sentía que me iba a la deriva. Me despertaba ante la necesidad de verificar, volver a verificar y verificar una vez más que había prendido el sensor. Para mí, el sensor se llegó a convertir en lo único que se interponía entre mi bebé y la muerte súbita, así que lo llevaba a todas partes, incluso lo coloqué debajo del colchón del cochecito y lo encendía cada vez que me detenía.

Leer también: ¿que es la depresión?¿como se trata?

Terapia

Estaba tan preocupada con mis pensamientos de ansiedad que estaba desconectada de todo lo demás.

Cuando el bebé no tenía ni una semana de nacido, mi esposo, alarmado por mi estado mental, hizo una cita de emergencia con un médico.

Inicialmente el doctor habló de la tristeza posparto y de cómo podría empezar a sentirme mejor en una semana o poco más, pero mi esposo se plantó y exigió que me refirieran a una terapia. En el sistema público de salud británico, eso tomaría entre cuatro a seis semanas de espera. Pero gracias nuestro seguro de salud privado, una semana después estaba en la sala de espera para mi primera evaluación psiquiátrica.

Signos de depresión posnatal:

  • Un sentimiento persistente de tristeza y mal humor
  • Ya no se disfrutan las cosas que se solían disfrutar
  • Falta de energía y sensación de cansancio todo el tiempo
  • Problemas para dormir por la noche
  • Sensación de no poder cuidar al bebé
  • Problemas para concentrarse y tomar decisiones
  • Pérdida de apetito o aumento del apetito
  • Sentirse agitada, irritable o muy apática
  • Sentimientos de culpa y desesperanza
  • Dificultad para vincularse con el bebé
  • Pensamientos aterradores, como por ejemplo: lastimar al bebé.
  • Pensar en el suicidio o en autolesionarse
Rayita

La evaluación inicial no incluyó ninguna terapia, pero desató cientos de preguntas.

La psiquiatra se dio cuenta rápidamente de que sufría de ansiedad posnatal y desorden obsesivo compulsivo y que me beneficiaría de una terapia cognitiva conductual.

Me sentí temerosa todo el tiempo, llena de adrenalina, de la manera en que te sientes cuando casi te tropiezas al descender un tramo de escaleras”.

La doctora me explicó lo qué es una escala de ansiedad y me dijo que la mayoría de las personas han experimentado niveles de ansiedad hasta cierto punto. En su escala, yo ni siquiera estaba cerca del valor más alto.

Me aseguró que con la terapia pronto comenzaría a sentirme mejor. Asentí aturdidamente, preguntándome qué tan mal alguien se debería sentir para alcanzar la cima de esa escala.

Sentí que estaba viviendo mi propio infierno privado.

El presente

La semana siguiente dejé al bebé con mi madre y llegué a mi primera sesión de terapia con un especialista en terapias cognitivas conductuales.

Ese tipo de terapias no implica analizar problemas que ocurrieron en el pasado, sino que examina las dificultades actuales y, en particular, identifica tus creencias fundamentales.

A menudo se trata de creencias profundas no reconocidas que pueden afectar tu vida y tu comportamiento.

En nuestra primera sesión, mi terapeuta identificó rápidamente que me sentía completamente abatida por la responsabilidad de mantener seguro al bebé.

Rompí en llanto y temblé de emoción cuando finalmente admití en voz alta: ‘Soy la única persona que puede mantener a mi bebé a salvo'”.

La especialista me hizo preguntas, de una manera muy suave, durante casi toda la sesión que duró 90 minutos.

Poder llegar a mis creencias centrales fue como pelar cada una de las capas que conforman una cebolla: con preguntas que buscaban más y más profundamente dentro de mí hasta revelar el núcleo fundamental.

Rompí en llanto y temblé de emoción cuando finalmente admití en voz alta: “Soy la única persona que puede mantener a mi bebé a salvo”.

Esta era mi creencia y ni siquiera lo sabía. Ahora me tocaba trabajar para disputar esa creencia.

Extenuada

No mejoré de inmediato. De ninguna manera. De hecho, tomó nueve meses de asesoramiento.

La terapia me resultó muy difícil y no esperaba a que llegaran mis sesiones semanales. Salía de ellas sintiéndome completamente extenuada, agotada emocionalmente, y algunas veces no podía entender por qué mi terapeuta se iba, en mi opinión, a menudo por la tangente.

Perfección y autoestima

Mi terapeuta me ayudó finalmente a darme cuenta de que mi búsqueda de la perfección estaba alimentando mi ansiedad.

Mi creencia central en esta instancia era que mi autoestima lo medía por lo bien que podía hacer las cosas.

Antes de la llegada del bebé me ocupaba de todo. Era quien buscaba un restaurante extravagante para cenar con amigos, decoraba mi casa, me ocupaba del trabajo. Me enorgullecía ser muy organizada.

Mis amigos de la escuela tenían un apodo para mí: “La gurú”. Nunca se me escapaba un cumpleaños. Me encantaba hacer cosas reflexivas para mis amigos y mi familia. Mi autoestima estaba completamente vinculado a ser ese gurú.

Naturalmente, había querido ser la mejor madre posible

Antes de tener un bebé, tenía todo el tiempo del mundo para invertir en mi búsqueda de la perfección. Pero como la mayoría de los nuevos padres descubren, no puedes controlar nada sobre un bebé y es natural sentir que tu vida se ha puesto patas arriba.

Escuché a mi terapeuta y de mala gana decidí probar lo que me decía y conformarme con ser “suficientemente buena” en vez de buscar la perfección. El mundo no dejó de girar. La casa no se cayó. Empecé a ser más amable y más indulgente conmigo misma. Eliminé mi lista épica de “cosas por hacer”. Dejé de limpiar frenéticamente la cocina y de ordenar la casa cuando el bebé dormía la siesta.

 “Escuché a mi terapeuta y de mala gana decidí probar lo que me decía y conformarme con ser ‘suficientemente buena’; en vez de buscar la perfección”.
 En cambio, me acurrucaba junto a él y me daba el gusto de tomarme una siesta con él. O me relajaba con un tratamiento de media hora de televisión o revistas de poca calidad (“Entre más malas, mejor”, me alentó mi terapeuta).

Pedí comida para llevar. Dejé que la ropa sucia se amontonara y me obligué a no entrar en pánico al respecto.

Poco a poco, la vida se hizo más fácil. Al principio me sentí casi rebelde y descuidada, deliberadamente decidí darle la espalda a todo por lo que había luchado durante tanto tiempo.

madresonriendoComo una liberación

Pero pronto me di cuenta de que nadie notó esos cambios aparte de mí misma.

Mi familia y amigos no me amaban por las cosas que hacía o lo bien que las hacía. Ellos me amaban, para citar a Bridget Jones, “justo como era”.

Fue delirantemente liberador. Cuando dejé de preocuparme porque todo fuera perfecto, comencé a vivir el momento, sin pensar en el pasado o preocuparme por el futuro.

Concentrándome en un día a la vez, de repente un día me di cuenta que las visiones aterradoras y los pensamientos intrusivos estaban retrocediendo.

“Estás usando pendientes”, exclamó mi terapeuta en una de las sesiones semanales. Me toqué conscientemente la oreja y sonreí. De alguna manera no había parecido un gran esfuerzo esa mañana. Al igual que mucha gente, mi vida ha sido tocada por períodos trágicos y traumáticos. Mi primer año de maternidad fue indudablemente el momento más difícil de mi vida.

También fue duro para mi esposo ver cómo su esposa, su mejor amiga, se derrumbaba frente a sus ojos, convirtiéndose en alguien que no podía reconocer.

Las otras madres

Un año después, todavía estoy con antidepresivos y todavía veo a Danny y al equipo del servicio perinatal del hospital Chelsea y Westminster. Han sido un regalo del cielo.

Me siento satisfecha con ser “suficientemente buena”. No siento vergüenza de mi lucha. De hecho, tengo ganas de gritar mi historia desde los tejados, aunque sólo sea para ayudar a otras madres que sienten lo que yo sentí.

Sé lo afortunada que soy, pero me preocupan las mujeres que no lo son, que no tienen a alguien peleando con el médico de cabecera, que no tienen seguro médico privado, que no viven en una zona que proporciona servicios excelentes.

En los cuatro años desde mi primer bebé, noté un cambio real en la forma en que las personas hablan sobre la salud mental, pero me gustaría ver un cambio real en la forma en que las futuras madres están preparadas para lo que podría pasar, para que no se produzca como un shock.

Sentimientos de tristeza

Si una madre primeriza expresa el más leve sentimiento de tristeza, se le debe tomar absolutamente en serio, porque eso puede ser mortal.

Si te sientes como yo me sentí, no tienes simplemente una tristeza posparto, es que no estás bien y necesitas atención médica inmediata. Es como si tuvieras una pierna fracturada o gripe.

Las nuevas madres son vulnerables (tanto física como mentalmente) y no tienen que luchar para ser escuchadas.

Convertirse en madre cambia la vida de una manera para la que nadie se puede preparar, pero para lo que podemos prepararnos es para un mejor apoyo para la salud mental materna.

De la redacción de tvcrecer Fuente: BBC

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