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¿Los chicos tienen que saber todo?

tvcrecer agradece a la Lic. Maritchu Seitún

En la vida de todos los días suceden infinidad de cosas. Es toda una tarea, y un desafío, ir introduciendo a nuestros hijos pequeños en el mundo sin asustarlos por demás y, a la vez, sin dejarlos afuera de la realidad.

Muchas veces sucede que el enojo, la ofensa, el miedo, la preocupación o el fuerte impacto de una situación pueden hacernos perder el buen criterio. Las emociones intensas pueden ponernos en estado de alerta y entonces actuamos desde nuestro cerebro primitivo, muy eficaz para resolver rápida y eficazmente las situaciones donde hay riesgo de vida, pero que deja totalmente afuera a nuestro cerebro más humano, la corteza cerebral, la que nos ayuda a pensar antes de actuar (¡o de hablar!).

Tendríamos que preguntarnos entonces si a nuestros chicos los beneficia de alguna forma el saber aquello que estamos por contarles, porque con facilidad podemos estar atrapados por motivos u objetivos no tan “santos”. Veamos un ejemplo concreto: si estoy muy enojada con mi marido porque me falló en algo, quizá mi enojo o mi necesidad de descarga me den ganas de contárselo a mi hija, pero esto entorpecería la imagen de su padre o su relación con él porque resultaría teñida por esa historia. Y es a mí a quien le falló, no a ella.

Al querer compartir esta información, quizá buscamos una alianza con nuestros hijos en contra de otra persona, o les pedimos su sostén o su apoyo en temas que son en realidad de adultos…

Evitemos poner a los chicos en conflictos de alianzas en los que se sientan tironeados entre dos personas que quieren y/o respetan, porque los forzamos a tomar partido cuando todavía no tienen criterio suficiente para hacerlo. Esto ocurre a menudo entre los padres después de un divorcio, pero todos los adultos que rodean a los chicos deberían tener en cuenta estas ideas.

A veces hablamos para elaborar un tema que nos angustia sin tomar en consideración con quién estamos hablando: cuando cuento que asaltaron a los vecinos, puedo hacerlo llenando a mis hijos de miedo con mil detalles “jugosos”, o puedo hacerlo cuidándolos y enseñándoles a cuidarse, sin tantos datos innecesarios, explicando lo que aprendimos de esa experiencia, de modo que todos intentemos evitar que nos pase a nosotros.

El saber da poder y es muy tentador hablar desde ese lugar: si le cuento a mi hija algo que sé sobre la mamá de su amiga y que su amiga no sabe, les complico la vida a ambas: a mi hija porque, seguramente, no tenga la fortaleza para callar lo que sabe, y a la amiguita, porque conocerá algo que no debería saber.

Hay un feliz término medio entre no contar nada (manteniéndolos en una burbuja irreal) y contar todo (sin filtros de ningún tipo). Incluso las verdades que son necesarias informar pueden expresarse de formas que sean fáciles de procesar para ellos: no necesito decirle a un nene que su abuela está muriendo, basta decirle que está muy enferma y que los doctores están tratando de curarla; esto también lo prepara sin dejarlo en un estado de alerta permanente.

Si criamos a los hijos sin mentiras, ayudándolos a confiar en lo que creen o intuyen, contestando sus preguntas de acuerdo con la edad y maduración, sin forzarlos a tomar partido, podremos estar tranquilos de que un día van a saber, por sí mismos, cómo son las cosas.

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