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Otitis, una enfermedad para prestarle atención

De la redacción de tvcrecer

 Se trata de una inflamación del oído, que se produce con frecuencia en los niños de entre seis y veinticuatro meses. Existen eficaces tratamientos para su cura, pero cada caso es individual.

La enfermedad conocida con el nombre de otitis, es una inflamación del oído, y de acuerdo con su localización anatómica, esta puede ser externa o media. Se produce de manera frecuente en la infancia, generalmente entre los seis y los veinticuatro meses de vida de un niño y, en la actualidad, ocupa el primer lugar en las urgencias pediátricas.

La mala evolución de una otitis media puede producir la progresión de la inflamación (o de la infección) hacia otros cuadros clínicos más severos, como, por ejemplo, la laberintitis (cuando se inflama el laberinto, es decir, los canales semicirculares del oído interno), la  parálisis facial, los abscesos cerebrales (colección de pus dentro del tejido cerebral, causados por una bacteria o infección por hongos) y la meningitis (enfermedad caracterizada por la inflamación de las meninges).

El tratamiento de cada caso de otitis depende del paciente. No se aplica el mismo a todos los que padecen la enfermedad. Es un tratamiento individualizado por el médico, e incluye gotas óticas (para los oídos), y/o antibióticos orales o antibióticos inyectados, además de analgésicos y antiinflamatorios, de acuerdo con el diagnóstico y la recomendación hechos por cada médico, en virtud del cuadro clínico de su paciente. Lo que sí es fundamental y hay que tener siempre presente es que las posibles complicaciones de una otitis hacen imprescindible consultar con un médico general o un otorrinolaringólogo, antes de iniciar cualquier tipo de tratamiento.

La inflamación o la infección del oído puede ser viral, causada por un virus, o bacteriana, provocada por una bacteria. Los virus más frecuentes son los respiratorios, aquellos que causan catarro. Y menos frecuentes son los del sarampión y el de la varicela.

Una consulta a tiempo y un tratamiento indicado, neutralizan la enfermedad, evitan ulteriores consecuencias y terminan por eliminarla. Por lo tanto, no es para alarmarse. Por más que uno crea que la mínima molestia en un recién nacido sea una catástrofe e imagine lo peor.

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