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Los chicos no viven en burbujas

De la redacción de tvcrecer

Es inevitable que los chicos se ensucien. Ellos experimentan por su cuenta. Tocan todo, se llevan objetos a la boca, y no miden consecuencias. Así es como se relacionan con lo que los rodea en los primeros tiempos de sus vidas.

La mayoría de los padres sufren al ver jugar a los chicos (sus hijos) en plena naturaleza. Tanto en la arena, como en el pasto o sobre la tierra; en la playa, el jardín de la casa o en la plaza del barrio. Sufren al ver como la ropa nueva, inmaculadamente blanca, y conservando aún, nítidamente, las marcas de los dobleces del envoltorio, va mutando de tonalidad. El blanco puro, primero, adquiere máculas, y, luego, va adquiriendo un tono beige que denota polvo, suciedad, y que en cuestión de minutos se fusionará con el verde del pasto, el amarillo ocre de la arena, o lo que más exaspera a los padres, con el marrón oscuro, casi negro, del barro, que trasciende la ropa y se adhiere a los brazos, las piernas, el pelo y la cara.
La situación no justifica reacciones extremas. No hay que alarmarse. No es para tanto. Es cierto que más de una madre pondrá el grito en el cielo y recordará una serie infinita de bacterias y microbios que pueden quedar prendados de la criatura, como cuando estos, sin darse cuenta, y con toda naturalidad, llevan nuevamente a la boca el exquisito pedazo de chocolate que se les cayó sobre la arena. “No pasa nada. Esto les genera anticuerpos y los hace inmunes”, responderá alguna madre más osada, de estilo de vida más rústico.

La verdad, en verdad, no está ni en la rusticidad, no muy bien aplicada, ni en la férrea convicción de que un chico debe vivir en una burbuja y con personal de bromatología asistiéndolo constantemente y verificando, a cada segundo, el estado higiénico de todos los objetos o alimentos que toca, chupan o muerden. Ni una cosa, ni la otra. Ni la tensión permanente ni el relajo absoluto. Cabe una posición intermedia.

Lo que de ningún modo corre, es el reto a la criatura. Ellos reaccionan sin pensarlo. Todo lo que los rodea es absolutamente nuevo para ellos y el único modo que tienen de familiarizarse con las cosas es poniendo en juego sus sentidos, y al de la vista, les sigue el del tacto, el del gusto y el del olfato, para saber si determinado alimento, por ejemplo, es gustoso para su paladar o este lo rechaza.
Por otra parte, no es culpa de las criaturas que justo su madre le haga estrenar a ella el principesco vestidito rosa, o a él, la canchera camisa clara, justo el día que los invitan amigos que tienen un jardín con juegos y arenero. Además, esa no será ni la primera ni la última vez que se enchastren.

 

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