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La importancia de los límites en la adolescencia

tvcrecer agradece a la Lic. Maritchu Seitún de Chas

Los adolescentes suelen creer que pueden hacer más cosas de las que en realidad son capaces. Por eso, a esta edad todavía requieren de la guía de sus padres.

Algunas palabras de nuestro vocabulario usual han ido perdiendo lentamente su sentido original y tomando un significado negativo. Los medios y la cultura fueron modificando nuestra cosmovisión y hoy podemos creer que el cuidado, la protección y la vigilancia de nuestros hijos púberes y adolescentes son equivalentes a control y dominio. Así, los padres dejamos tareas que nos corresponden: creyendo que los respetamos, finalmente terminamos abandonándolos.

Que un niño haya aprendido a caminar no significa que ya pueda recorrer Mundo Marino a pie. Incluso que pueda andar solo en colectivo no lo habilita automáticamente a moverse solo a cualquier hora del día o de la noche. Los seres humanos estamos preparados física e intelectualmente para hacer cosas antes de estar realmente capacitados para ellas. La madurez emocional lleva mucho más tiempo. Durante la infancia de nuestros hijos, y sin siquiera pensar en ello, sostenemos y vigilamos esas habilidades a medida que se van adquiriendo; por ejemplo, llevamos al niño de un año en una sillita de paseo por la calle aunque ya sepa caminar, hasta que paulatinamente a los tres años archivamos la sillita -salvo para ir a Mundo Marino-.

Pero este proceso natural se complica con la llegada de la adolescencia: ellos parecen grandes, en realidad se ven grandes, y pretenden convencernos por todos los medios de que ya lo son.

Françoise Dolto, psicoanalista francesa, en su libro “Palabras para adolescentes”, dice que ellos son como la langosta durante el cambio de caparazón: ” Es como un segundo nacimiento que se realizaría progresivamente. Hay que quitar la protección familiar… Quitar la infancia, hacer desaparecer el niño que hay en nosotros… Y va rápido, a veces muy rápido… y uno no siempre está listo. Es un momento en que el ser humano es muy frágil y vulnerable y, paradójicamente, muchas veces se siente muy fuerte. Cuando las langostas cambian de caparazón pierden primero el viejo y quedan sin defensa por un tiempo hasta fabricar el nuevo. Y fabricar un nuevo caparazón cuesta tantas lágrimas y sudores…”

En esa época de vulnerabilidad, los padres podemos ayudarlos, muchas veces en contra de sus deseos, eligiendo los lugares, los tiempos, por los que puedan moverse, cada vez más amplios a medida que los veamos armados para ello. Sus argumentos en contra serán muchas veces contundentes: “sos la única que no me deja”, “todos se quedan hasta las seis de la mañana”, y se ven acompañados por opiniones de muchos adultos que nos tildan de sobreprotectores.

Es muy diferente tener 14 años o 17 para tener la posibilidad de optar entre gastar la plata (que le dieron para el remise) en un remise o ir a un bar y volver caminando con amigos. Los padres podríamos pensar que a los 14 ya van a elegir de acuerdo a nuestro criterio e irnos a dormir tranquilos porque se vuelven en remise. En realidad, ellos generalmente eligen según el criterio del grupo, es decir el criterio de aquel chico que ellos mismos eligieron como líder, que tiene la misma experiencia que ellos pero aparenta una certeza y confianza que fascina a sus pares.

En esa etapa, los chicos hacen juntos cosas que no harían estando solos: la presencia cercana y protectora de los padres les impide, o por lo menos les hace más difícil, transgredir normas durante ese período crítico de adaptación y construcción de un nuevo caparazón adulto que los acompañará por el resto de sus vidas.

 

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