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Canciones de cuna


Carlos Silveyra
para Tvcrecer

Las canciones de cuna –también llamadas en Iberoamérica arrullos, nanas, cantos de arrorró, rurrupatas, etc.— forman parte de la tradición de prácticamente todas las culturas. Son canciones breves, a menudo impregnadas de melancolía, destinadas a dormir dulcemente a los niños y niñas cuando éstos no quieren hacerlo. “Canciones para el día y la hora en que el niño tiene ganas de jugar”, como dijo García Lorca en una conferencia en 1928.

Canciones que se convierten en un puente amoroso entre la vigilia y el dormir, en un vehículo rítmico que conduce hacia la lasitud necesaria para conciliar el sueño. Poemas cantados que se transmiten por vía oral, por lo general de una generación a otra. La niña mayor aprendía las nanas de su madre o de su abuela, las nanas dedicadas a dormir a los hermanitos pequeños. Por lo que, indudablemente, muchas de las canciones de cuna que hoy se cantan pertenecen al campo de lo folclórico, en virtud de la oralidad de su transmisión y el anonimato de los textos.

Llevan, casi exclusivamente, la voz femenina, ya sea de la madre o de otra mujer que cumpla esa función, cargada de ternura y de las angustias cotidianas. Frecuentemente emplean la ene, na-na, no-no, ni-na, y por la erre, ro-ro, rurru, etc.), así también las combinaciones de vocales, ea-ea, ia-ia.Presentan una métrica muy variada, aunque predominan las estrofas de cuatro versos rimando el primero y el tercero, heptasílabos, y el segundo y el cuarto, pentasílabos.

Estas características sonoras, acompañadas por el mecer de la cuna o de los brazos, enfatizan la monotonía de las canciones de cuna. No es, pues, el contenido del poema lo que llama al sueño: es el ritmo “hipnótico”, como sostiene Gabriel Celaya. De allí que el tarareo cumple una función similar.

Resulta significativo que, para conectar vigilia y sueño, la humanidad haya elegido el canto susurrado, la poesía sencilla que se une a los brazos que amurallan firmemente al niño pequeño, como asegurando dulzura y protección. No obstante, las nanas representan el primer contacto de los niños con la literatura oral. Constituyen los cimientos tanto de la formación musical como de la poética.

Santos, vígenes y cocos

La madre que quiere dormir a su niño por momentos invoca y a veces reclama la colaboración de un conjunto de personajes. Los religiosos suelen cumplir el papel de colaboradores del adulto, logrando un sueño dulce y, sobre todo, rápido, o tienen una misión protectora de los bebés mientras duermen. Esta son las funciones asignadas a santos, vírgenes, ángeles, etcétera.

También encontramos a personajes con funciones coercitivas como el coco o cuco, la loba, la reina mora, la gitana, etc., o la amenaza de que se marcharán ciertos personajes benéficos, como los ángeles, si el niño no se duerme.

El padre es un personaje muy secundario: suele aparecer brindando protección (haciendo una cuna, por ejemplo) o lejano (trabajando en el campo).

Con alguna frecuencia aparece el imperativo: la arrulladora debe lograr que el niño se duerma pronto para seguir haciendo las tareas hogareñas tradicionales (lavar, coser, planchar, cocinar). Ese imperativo puede terminar en amenaza fìsica (dar un trancazo) o en manipulaciones más o menos variadas, desde promesas de regalos (“una piedrita de azúcar / envuelta en un papelito”) hasta el engaño (“Si este niño se durmiera / le daría un dineral; / pero después de dormido, / se lo volvía a quitar”).

Las canciones de cuna y los poetas

Fueron muchos los poetas que se impregnaron del ritmo de las piezas folclóricas y escribieron sus nanas autorales. Entre otros Antonio Machado, Juana de Ibarbourou, Ferderico García Lorca, Gabriela Mistral, Amado Nervo, Miguel Hernández, Gabriel Celaya y tantos otros.

Es interesante ver cómo en las canciones de cuna se suelen folclorizar algunos poemas nacidos autorales. El proceso es el siguiente: un poema autoral comienza a popularizarse, luego, en la transmisión intergeneracional, se pierde el nombre del autor y ya se repite como folclórica, introduciendo el pueblo cambios en sus textos, frecuentemente por olvido de la melodía que le acompaña.

Cantemos a los niños para llamar al sueño. No perdamos este tesoro que nuestros antepasados recibieron de los suyos.

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